Aunque comenzó facturando un rock tan fronterizo como melancólico en su primer LP, el músico Ángel Stanich ha decidido avivar su registro con sintetizadores y melodías bailables en su segundo disco: Antigua y Barbuda. Teniendo presente ese rock fronterizo por el que siente devoción
Si lo primero que venía a la cabeza al escuchar su debut, Camino Ácido (2014), era un paisaje polvoriento y psicodélico la inequívoca imagen que aparece ahora al escuchar su último trabajo, Antigua y Barbuda (2017), es una fiesta clandestina con una fabulosa pista de baile en la que brilla una bola de discoteca con luces de colores.
El ejercicio que ha hecho Stanich es tan sorprendente como valiente. Parece haberse sacudido la tristeza y la introspección para zambullirse en una actitud mucho más vital y descarada. Una nueva forma de afrontar la música que, sin duda, se agradece. Este nuevo Ángel Stanich (con su inconfundible cuerpo de espiga y su barba de ermitaño) es el que veremos en Mad Cool 2018.
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